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Cristo me llamó a salir del minarete

A través de investigaciones, sueños y visiones, Jesús me pidió que renunciara a mi familia musulmana.

 

“Allahu Akbar, testifico de que no hay más dios que Alá. Y testifico que Mahoma es el mensajero de Alá”.

Estas son las primeras palabras del llamado musulmán a la oración. También fueron las primeras palabras que escuché. Momentos después nacer, me han dicho, mi padre las recitó suavemente en mi oído, como su padre había hecho con él, y como todos mis antepasados habían hecho con sus hijos desde el tiempo de Mahoma.

Somos Qureshi, descendientes de la tribu Quresh, la tribu de Mahoma. Nuestra familia estaba asentada sobre la tradición islámica.

Las palabras que mis ancestros me transmitieron eran más que un ritual, llegaron a definir mi vida como musulmán en el Occidente. Todos los días me sentaba junto a mi madre mientras me enseñaba a recitar el Corán en árabe. Cinco veces al día me postraba detrás de mi padre mientras él guiaba a nuestra familia en oración congregacional.

A los 5 años ya había recitado todo el Corán en árabe y memorizado los últimos siete capítulos. A los 15 años había memorizado los últimos 15 capítulos del Corán tanto en inglés como en árabe. Cada día, al despertar y antes de quedarme dormido, recitaba innumerables oraciones en árabe agradeciéndole a Alá por otro día. 

Pero una cosa es lograr memorizar, y otra muy distinta es dar testimonio. Mi abuelo y mi bisabuelo eran misioneros musulmanes, pasaron sus vidas predicando el Islam a los incrédulos en Indonesia y Uganda. Llevaba su celo en mis genes.  En la escuela había aprendido a desafiar a los cristianos, cuya teología podía despedazar simplemente haciéndoles preguntas. Enfocándome en la identidad de Jesús, yo les preguntaba, “Jesús adoró a Dios, así que ¿por qué adoras a Jesús?” O “Jesús dijo, ‘el Padre es mayor que yo’. Entonces, ¿cómo él puede ser Dios?” Cuando realmente quería ponerlos a dar vueltas les pedía que explicaran la Trinidad. Por lo general respondían: “Es un misterio”.   En mi corazón me burlaba de su ignorancia, diciendo: “El único misterio aquí es cómo se puede creer en algo tan ridículo como el cristianismo”.

Respaldado por todas las conversaciones que había tenido con los cristianos, me sentía confiado en la verdad del Islam. Me dio disciplina, propósito, moral, valores familiares y una dirección clara para la adoración. El Islam era el alma que corría por mis venas. El Islam era mi identidad, y me encantaba. Audazmente le hacía el llamado del Islam a todo aquel dispuesto a escuchar, proclamando que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su mensajero.

Y fue desde allí, estando encima del minarete de la vida islámica, que Jesús me llamó.

Mahoma no era el hombre que pensé

Como estudiante de primer año en la Universidad Old Dominion en Virginia, simpaticé con un estudiante de segundo año, David Wood. Poco después de ayudarme con mis clases, lo encontré leyendo una Biblia. Incrédulo de que alguien tan inteligente como él leyera el texto sagrado de los cristianos, le lancé un avalancha de ataques apologéticos.  Desde cuestionar la confiabilidad de la Escritura hasta negar la crucifixión de Jesús, por supuesto, desafiando la Trinidad y la deidad de Cristo.

David no reaccionó como otros cristianos que yo había desafiado. No vaciló en su testimonio, ni vaciló en su amistad conmigo. Lejos de eso, se acercó más a mí, contestando las preguntas que podía responder, investigando las preguntas que no podía responder y pasando más tiempo conmigo. 

Aunque él era cristiano, yo entendía y respetaba su celo por Dios.  Rápidamente nos convertimos en mejores amigos, acudiendo a eventos juntos, asistiendo a clases juntos y estudiando juntos para los exámenes. Discutíamos todo el tiempo sobre los fundamentos históricos del cristianismo. Aún algunas de las clases a las que nos inscribimos fueron solo para discutir un poco más.

Después de tres años de investigar los orígenes del cristianismo, concluí que el caso a favor del cristianismo era fuerte, que se podía confiar en la Biblia y que Jesús murió en la cruz, resucitó de los muertos y afirmó ser Dios.

Entonces David me desafió a estudiar el Islam tan críticamente como había estudiado el cristianismo. Había aprendido acerca de Mahoma a través de imanes y de mis padres, no de las fuentes históricas mismas. Cuando por fin leí los libros históricos, descubrí que Mahoma no era el hombre que yo había pensado. La violencia y la sensualidad brotaron de las páginas de sus primeras biografías, las historias de la vida del hombre que veneré como el más sagrado de la historia.

Asombrado por lo que aprendí, empecé a usar el Corán como mi defensa. Pero cuando volví mi vista allí, ese fundamento se derrumbó con la misma rapidez. Confiaba en que la sabiduría sobrenatural y la perfecta preservación del Corán eran una señal de que era un libro inspirado por Dios, pero ambas creencias vacilaron.

Abrumado y confundido por la evidencia del cristianismo y la debilidad del caso islámico, empecé a pedirle ayuda a Alá.  ¿O era a Jesús? Ya no lo sabía. Necesitaba oír de Dios mismo quién él era. Afortunadamente, creciendo en una comunidad musulmana, había visto a otros implorar que Alá los guiara. La forma en que los musulmanes esperan escuchar de parte de Dios es a través de sueños y visiones.

 
 

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“Para los musulmanes, seguir el evangelio es más que un llamado a la adoración.

Es un llamado a morir”.

 

1 Visión, 3 Sueños

En el verano, después de graduarme de Old Dominion, empecé a implorarle a Dios diariamente. “Dime quién eres, si eres Alá, muéstrame cómo creer en ti, si tú eres Jesús, dime quién eres, te seguiré, cueste lo que cueste”.

Al final de mi primer año en la escuela de medicina, Dios me dio una visión y tres sueños, el segundo de los cuales fue el más poderoso. En el sueño estaba parado en el umbral de una puerta sorprendentemente estrechamente, mirando a la gente tomar sus asientos en un banquete de boda. Estaba desesperado por entrar, pero no podía entrar, porque aún no había aceptado la invitación de mi amigo David a la boda. Cuando desperté, supe lo que Dios me estaba diciendo, pero busqué una verificación más profunda. Fue entonces cuando encontré la parábola de la puerta estrecha, en Lucas 13: 22-30. Dios me estaba mostrando dónde estaba.

Pero aún no podía pasar por la puerta. ¿Cómo podría traicionar a mi familia después de todo lo que habían hecho por mí? Al convertirme en cristiano, no solo perdería toda conexión con la comunidad musulmana que me rodeaba, sino que mi familia también perdería su honor. Esa decisión no solo me destrozaría a mí, sino que también destruiría a mi familia, los que más me querían y habían sacrificaron tanto por mí.

Comencé a llorar frente a la grandeza de la decisión que sabía que tenía que tomar. El primer día de mi segundo año de la escuela de medicina, no pude soportar más.  Anhelando consuelo, decidí irme de la escuela y regresar a mi apartamento.  Puse el Corán y la Biblia frente a mí. Fui al Corán, pero no encontré consuelo allí.  Por primera vez, el libro parecía completamente irrelevante ante mi sufrimiento. Irrelevante para mi vida. Lo sentí como un libro muerto.

Como ya no tenía donde ir, abrí el Nuevo Testamento y empecé a leer. Muy rápidamente, llegué al pasaje que decía: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

 

Electrificadas, las palabras saltaron de la página y encendieron mi corazón. No pude soltar la Biblia. Comencé a leerla fervientemente hasta llegar a Mateo 10:37 donde aprendí que debo amar a Dios más que a mi madre y padre.

“Pero Jesús,” le dije, “aceptarte sería como morir, tendría que renunciar a todo”.

Los siguientes versículos me hablaron directamente, diciendo: “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.  El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.  Jesús fue muy claro: Para los musulmanes, seguir el evangelio es más que un llamado a la adoración. Es un llamado a morir.
 

Traición

Me arrodillé al pie de mi cama y renuncié a mi vida. Pocos días después, las dos personas que más amaba en este mundo fueron destrozadas por mi traición. Hasta el día de hoy mi familia está quebrantada por la decisión que tomé, y es horroroso cada vez que pienso el costo que tuve que pagar.

Pero Jesús es el Dios de la restitución y la redención. Con su muerte da vida a los pecadores.  Redimió un símbolo de ejecución y lo rehabilitó para la salvación. Él redimió mi sufrimiento haciéndome depender de él en cada momento, inclinando mi corazón hacia él. Fue en mi dolor que lo conocí íntimamente. Él me alcanzó a través de investigaciones, sueños y visiones; y me llamó a la adoración en mi sufrimiento. Allí encontré a Jesús. Vale la pena renunciar a todo por seguirlo.

Nabeel Qureshi es un conferencista con los Ministerios Internacionales de Ravi Zacharias y autor de “Buscando a Alá, encontrando a Jesús: Un musulmán devoto encuentra el cristianismo” (Zondervan).

 

Iglesia Adventista Hispana de Ann Arbor
4859 Ellsworth Rd.
Ypsilanti, MI 48197
Pastor Ronald Costa
RCosta@misda.org

 

Servicios semanales 

Sábados:
Escuela Sabática:   9:30 a.m.

Serv. de Adoración: 11:00 a.m.

Miércoles:

Serv. de Oración: 7:30 p.m.